Del volumen Sangre callada (Relatos rescatados)

MONTERO GLEZ – 2018

 

Se sirvió del partido de fútbol para negociar su suerte. También la de los demás prisioneros, algunos sin edad de entrar en quintas todavía. Ofreciéndose para componer el aparato de radio, los oficiales italianos iban a tener la oportunidad de seguir la retransmisión del partido y él la oportunidad de seguir con vida.

Ocurrió el año en el que no jugamos al fútbol sino a la guerra. El campeonato se celebró en Francia y la sombra bélica amenazaba con el apagón de Europa. El prisionero había sido capturado junto a otros en una batalla que luego llamarían del Ebro. Escuché su historia hace tiempo. No me dijeron el nombre, pero sí que era flaco como una raspa y un manitas cuya habilidad no se limitaba a poner explosivos pues también era astuto a la hora de tratar con el enemigo. Ayudado por unos cristales de galena se puso a ello y siempre cuidándose de inutilizar la radio con disimulo después de cada encuentro. Para hacerse imprescindible.

En el partido Alemania-Suiza, cuando el locutor anunció que la escuadra nazi saludaba con el brazo en alto, los oficiales cambiaron de mano sus pistolas para imitar el gesto. Entonces la radio emitió el vocerío. Eran los aficionados galos que respondían al saludo con las gargantas afiladas. Muy a la mala estaban cantando La Marsellesa y el asunto ofendió tanto que el prisionero a punto estuvo de romperse los nervios del todo.

Durante la semifinal Italia-Brasil, el prisionero pudo alargar su condena gracias a los árbitros. Ya puesto, inutilizó la radio hasta la próxima que enfrentaría a Italia contra Hungría. «Vencer o morir» fue la consigna que recibieron los jugadores de parte de Mussolini. Los futbolistas se jugaban la vida y la del prisionero, que puso como condición, antes de montar la radio, quedar libre si Italia ganaba.

Los primeros minutos los vivió intentando poner el miedo boca abajo. Asunto difícil, pues los oficiales acercaban sus pistolas cada vez que los húngaros acechaban el marcador. Cuando un tal Sarosi regatea a tres italianos y pasa la pelota al gol, Italia queda condenada al empate y el prisionero cierra los ojos.  No los volverá a abrir hasta que la selección italiana reaccione por dos veces.

El segundo tiempo arranca mal para el prisionero, con el tal Sarosi marcando el siguiente gol, aunque pronto un italiano lo arregle de tacón, batiendo al arquero húngaro por última vez. Sobra decir que el campeonato lo ganó Italia y que los oficiales celebraron la victoria actuando como si los prisioneros fueran el trofeo.